No conocía nada de Libro mediterráneo de los muertos, escrito por María Ángeles Pérez López y publicado por Pre-Textos. Sin embargo, lo cogí prestado de la biblioteca por impulso, como llevada por esa fuerza arrolladora del mar. Y no me equivoqué.
Desde las primeras páginas me atrapó y me hizo más consciente del mar como tumba; de este poemario como una forma de escuchar a quienes perdieron la vida en sus aguas, huyendo de la miseria, del miedo, de la nada.
La autora no solo escucha a los muertos: les da voz, y casi obliga a no mirar hacia otro lado.
«Si las rocas respiran, ¿no habrás de hacerlo tú también?
Brama el mar en su nombre y en el tuyo.
Entra y rompe, imprudente, las costuras, el cuidadoso atado de los cuerpos.»
En Libro mediterráneo de los muertos, el mar Mediterráneo aparece como un cementerio donde habitan los cuerpos, las lenguas, las culturas, los pueblos. El lenguaje poético irrumpe con la misma falta de misericordia que el mar.
Aquí no hay silencio que nos lleve a la calma ni a una orilla tranquila.
Aquí el ruido del mar es ensordecedor.
El tema es de una devastadora actualidad. Se habla de migrantes como si fueran ilegales, olvidando que ninguna vida debería serlo.
La voz poética coral e implicada, casi se diluye dejando espacio a los verdaderos protagonistas: los cuerpos, sus restos, las vidas que el mar engulle.
El mar no es solo un escenario. La presencia insistente del cuerpo y de sus residuos hundiéndose en él, el uso de la elipsis como esas vidas interrumpidas y esa forma de escribir, casi abrupta, que aprieta la tensión, podrían resumirse en estos versos:
«Siempre se escribe desde el hematoma. De todas astilla, hueso o quemadura brota también el lenguaje como pulpa consanguínea»
Hubo una imagen que no sólo dio la vuelta al mundo, sino que mostró la realidad de un mundo dividido en dos: por un lado, fue leída como símbolo de solidaridad y humanidad; por otro, la voluntaria española que aparece en ella sufrió una oleada de insultos racistas y de odio. Una realidad que yo no puedo dejar de leer en esta escena:
«En la desolación extrema, solo será transparente la muchacha que abraza al migrante».
Aquí la poesía no da tregua, «no cede, aunque caigan milenios».
Volviendo a mi primera idea quizá el mar no es la tumba, puede ser lo que la autora, hacia el final, repite casi como un mantra
«Quizá la tumba no es el mar sino el lenguaje»
Yo pienso que es más letal la ausencia del lenguaje ante tantas vidas enterradas en el mar.
Pero no me quedo con eso. Por eso me uno a este deseo:
«Que acontezca la vida, que no tarde; que los cráneos descansen su dolor. Que la luz ponga en ellos sus huevos diminutos y se colmen de días y de esporas, del nombre que descansa en su dolor.»