Leer La tumba de las luciérnagas en estos momentos de escalada fue para mí una experiencia más dura que cuando descubrí la historia de estos dos hermanos a través de la versión cinematográfica de los estudios Ghibli.
Esta historia está publicada por Acantilado junto con otra de sus historias breves Las algas americanas. también de tremenda actualidad. Es verdad que el libro está descatalogado, pero se puede encontrar en bibliotecas.
Creo que la mayoría descubrimos La tumba de las luciérnagas por la película dirigida por Isao Takahata.
Tanto en el libro como en la película la historia de los dos hermanos conmueve por su verosimilitud: Seita, de catorce años carga en sus hombros a su hermana Setsuko de tan solo cinco. Acaban de quedar huérfanos tras los bombardeos de Kobe durante la segunda guerra mundial. Tras un intento fallido de convivencia con su tía, Seita decide huir llevando a su hermana a cuestas. Una huida desoladora que retrata el desampàro de los huérfanos de la guerra.
El estilo narrativo del autor es crudo y visceral. En contrapunto, es un narrador visualmente tan potente, que las imágenes llegaban como fogonazos, cargadas con un lirismo sobrecogedor.
Una de esas escenas es cuando Setsuko entierra luciérnagas para no sentirse sola, es como un presagio, pues en Japón las luciérnagas representan las almas de los muertos y Nosaka las utilizó en la película como símbolo de las víctimas mortales infantiles de la guerra.
“El fuego se extinguió a altas horas de la noche y, al no poder orientarse en las tinieblas para recoger los huesos, se acostó junto a la fosa; a su alrededor había una multitud de luciérnagas que Seita ya no intentó atrapar: con ellas, Setsuko no se sentiría tan sola, las luciérnagas la acompañarían…, subiendo, bajando, desviándose de repente hacia los lados, dentro de poco, también ellas desaparecerán, pero tú, Setsuko, irás al cielo con las luciérnagas.”
Otra de las imágenes que se me quedaron grabadas del libro es cuando cuenta uno de los peores momentos de hambruna, en el que Seita, por un acto reflejo desesperado, se arranca una espinilla de grasa y se la lleva a a la boca. En las guerras, quien no muere por las bombas, muere por la enfermedad y por el hambre.
Hay también un momento tan bello como desolador, ocurre cuando los hermanos, en medio de los ruidos y las luces de los ruidos de la guerra, se quedan mirando el brillo de las luciérnagas voladoras. Es trágico y a la vez esperanzador, pues en medio del horror de la guerra, son capaces de asombrarse ante la belleza en un intento desesperado por olvidarse de lo que están viviendo. Las guerras no las sufren los líderes que las provocan.
Aquí me salgo un poco del libro. Cuando vi la película, yo no sabía nada del autor de La tumba de las luciérnagas. Leyendo el libro y buscando información, descubrí que el propio autor fue un huérfano de la guerra y que perdió a su hermana en ella. También leí que mientras la hermana vivía, a veces priorizaba comer él antes que su hermana, y que cuando ella murió, llegó a sentir alivio por liberarse de esa carga.
Como una manera de redimirse de la culpa, pienso yo, el autor confiesa que aunque la novela es semiautobiográfica, edulcoró a Seita No solo lo despojó de esos sentimientos egoístas, sino que lo fue haciendo mejor persona a medida que avanza la historia.
Es comprensible que lo hiciera, él también era un niño que no tenía que vivir ese infierno y además con una vida bajo su responsabilidad.
Reconozco que como lectora quizá me hubiera gustado que mantuviera a Seita más fiel a sí mismo. Eso me hizo recordar otra obra de la segunda guerra mundial, está vez en formato cómic: Maus, la biografía de Vladek Spiegelman , un judío polaco superviviente de los campos de exterminio nazis, contada a través de su hijo Art.
La novela gráfica refleja una idea del propio Vladek: en la guerra no sobreviven los buenos y mueren necesariamente los malos. Y en ella está presente ese sentimiento de culpa por sobrevivir a otras personas quizá mejores. Es verdad que Art retrata a su padre casi como un héroe, pero me parece una mirada más honesta, que transmite su idea incómoda sobre las víctimas de la guerra y sobre su propia imagen.
Quizá por eso el autor (cuidado que aquí hago spoiler, sin que sirva de precedente) mata en La tumba de las lucérnagas, no solo a Setsuko, sino al propio Seita. Porque una parte de él murió allí y tal vez se sentía culpable por sobrevivir.
Volviendo al principio: no fue lo mismo leer el libro qiue ver la película. Cuando vi la película no estábamos en esta escalada demencial ni sabía nada de la vida del autor.
Es una novela cruda y precisamente por el panorama que tenemos muchos lectores, aún conociendo la película, no quieren acercarse a ella. Y lo entiendo. Pero también pienso que es una novela necesaria. Aunque duela.
Hago un pequeño inciso para volver a recomendar el ensayo de Dolores Conquero, El dolor de los otros. En este ensayo, Dolores aborda la complejidad de las emociones, reacciones y nuestra responsabilidad ante el dolor de los demás.
Es cierto que leerla ahora fue más doloroso, pero también aprecié y me emocioné más con la ternura del vínculo entre los hermanos.
Hay muchas novelas sobre las guerras, pero pocas que me hayan afectado como esta historia de dos almas que brillan como luciérnagas iluminando la oscuridad del mundo. Es una novela breve e intensa que me hace pensar que el dolor de los otros, algún día, puede ser también el nuestro. Sé que es una utopia, pero ojalá no haya más niños que tengan que vivir lo que vivieron los protagonistas reales de esta historia de ficción: Akiyuki Nosaka y su hermana.


