viernes, 13 de marzo de 2026

La tumba de las luciérnagas de Akiyuki Nosaka, o cómo pedir perdón a una hermana muerta.




Leer La tumba de las luciérnagas en estos momentos de escalada fue para mí una experiencia más dura que cuando descubrí la historia de estos dos hermanos a través de la versión cinematográfica de los estudios Ghibli. 

Creo que la mayoría descubrimos La tumba de las luciérnagas por la película dirigida por IsaoTakahata. El libro publicado por acantilado en un tomo que incluye su historia breve Las algas americanas está descatalogado, pero puede encontrarse en bibliotecas. 

Tanto en el libro como en la película la historia de los dos hermanos conmueve por su verosimilitud: Seita, de catorce años carga en sus hombros a su hermana Setsuko de tan solo cinco. Acaban de quedar huérfanos tras los bombardeos de Kobe durante la segunda guerra mundial. Tras un intento fallido de convivencia con su tía, Seita decide huir llevando a su hermana a cuestas. Una huida desoladora que retrata el desamparo de los huérfanos de la guerra.

El estilo narrativo del autor, Akiyuki Nosaka es crudo y visceral. En contrapunto, es un narrador visualmente tan potente, que las imágenes llegaban como fogonazos, cargadas con un lirismo sobrecogedor.

Una de esas escenas es cuando Setsuko entierra luciérnagas para no sentirse sola, es como un presagio, pues en Japón las luciérnagas representan las almas de los muertos y Nosaka las utilizó en la película como símbolo de las víctimas mortales infantiles de la guerra.


El fuego se extinguió a altas horas de la noche y, al no poder orientarse en las tinieblas para recoger los huesos, se acostó junto a la fosa; a su alrededor había una multitud de luciérnagas que Seita ya no intentó atrapar: con ellas, Setsuko no se sentiría tan sola, las luciérnagas la acompañarían…, subiendo, bajando, desviándose de repente hacia los lados, dentro de poco, también ellas desaparecerán, pero tú, Setsuko, irás al cielo con las luciérnagas.”


Otra de las imágenes que se me quedaron grabadas del libro es cuando cuenta uno de los peores momentos de hambruna, en el que Seita, por un acto reflejo desesperado, se arranca una espinilla de grasa y se la lleva a a la boca. En las guerras, quien no muere por las bombas, muere por la enfermedad y por el hambre.

Hay también una escena tan bella como desoladora, ocurre cuando los hermanos, en medio de los ruidos y las luces de los ruidos de la guerra, se quedan mirando el brillo de las luciérnagas voladoras. Es trágico y a la vez esperanzador, pues en medio del horror de la guerra, son capaces de asombrarse ante la belleza en un intento desesperado por olvidarse de lo que están viviendo.



Aquí me salgo un poco del libro. Cuando vi la película, yo no sabía nada del autor de La tumba de las luciérnagas. Leyendo el libro y buscando información, descubrí que el propio Nosaka fue un huérfano de la guerra y que perdió a su hermana durante el conflicto. También leí que, mientras su hermana vivía, a veces priorizaba comer él antes que su hermana, y que cuando ella murió, llegó a sentir alivio por liberarse de esa carga.

Como una manera de redimirse de la culpa -pienso yo- el autor confiesa que aunque la novela es semiautobiográfica, edulcoró a Seita. No solo lo despojó de esos sentimientos egoístas, sino que lo fue haciendo mejor persona a medida que avanzaba la historia.

Es comprensible que lo hiciera, él también era un niño que no tenía que vivir ese infierno y que cargaba con una vida bajo su responsabilidad. 

Reconozco, sin embargo, que como lectora quizá me hubiera gustado que mantuviera a Seita más fiel a sí mismo. Lo digo porque recuerdo otra obra sobre la segunda guerra mundial en formato cómic: Maus, la biografía de Vladek Spiegelman, un judío polaco superviviente de los campos de exterminio nazis, contada a través de su hijo Art. La novela gráfica refleja una idea del propio Vladek: en la guerra no sobreviven necesariamente los buenos ni mueren los malos. Y está presente ese sentimiento de culpa por sobrevivir a otras personas que quizá eran mejores. Aunque Art retrata en cierto modo a su padre como un héroe, me pareció más honesto al mostrar esa idea incómoda sobre las víctimas de la guerra, pero también sobre su propio padre y esa culpa por sobrevivir. 

Tal vez por eso el autor (cuidado que aquí hago spoiler, sin que sirva de precedente) mata en La tumba de las luciérnagas, no solo a Setsuko, sino al propio Seita. Porque una parte de él murió allí y quizá, se sentía culpable por sobrevivir.

Volviendo al principio: no fue lo mismo leer el libro que ver la película. Cuando vi la película no estábamos en esta escalada demencial ni sabía nada de la vida del autor.

Es una novela dura, y precisamente por el panorama que tenemos muchos lectores -incluso conociendo la película- no quieren acercarse a ella. Y lo entiendo. Por eso pienso que su lectura es más necesaria que nunca, aunque duela. Hago aquí un pequeño inciso para recordar el ensayo de Dolores Conquero El dolor de los otros, en el que precisamente aborda la complejidad de nuestras reacciones ante el dolor de los demás. Un libro totalmente recomendable para entender nuestras emociones, nuestras reacciones y nuestra responsabilidad. Como decía, leer el libro en estos momentos fue una experiencia más dolorosa, pero aprecié y me emocioné más con la ternura del vínculo entre los hermanos.

Hay muchas novelas sobre la guerra, pero pocas me han afectado como esta historia de dos almas que brillan como luciérnagas iluminando la oscuridad del mundo. La tumba de las luciérnagas es una historia breve pero intensa que nos recuerda que el dolor de los otros puede ser algún día el nuestro.